“Señor Luís Ignacio Aparicio”. Se escucha la voz de la enfermera preguntando por el siguiente paciente en la sala de espera. Enseguida se levanta con cierta dificultad un hombre de mediana edad con collarín y paleacate rojo que se encontraba sentado esperando su turno, parecía arquitecto por la indumentaria que traía.
“Soy yo señorita, buenos días” -dice. La chica lo saluda cortésmente y le indica la trayectoria a la sala de fisioterapia. El Sr. Aparicio estaba nervioso. Hoy iniciaba su tratamiento de rehabilitación. Sufrió un accidente automovilístico en el que se lastimó el cuello. El ortopedista le recomendó 10 citas para su rehabilitación.
Enfrente de la recepcionista un hombre joven con camisa azul y jeans hablaba por el celular. –“Hice más de una hora y media a mi trabajo”. “No sabía lo del metro bus”. “Ya nos amolaron”. “Hay que pensar seriamente en cambiarnos”. “¿Te imaginas llevar y traer a los niños desde la casa hasta la colonia del Valle?” Termina de hablar y se coloca su diminuto i-pod.
Como buen tamaulipeco en tono alto de voz, un señor con traje de casimir elegante “ojo de perdiz” color musgo y corbata de Johnny García llamaba a su mujer a Tampico. –“Estoy bien, no te preocupes” “Regreso el miércoles” “¿No me oyes?” “No ves que no puedo hablar más fuerte”. El timbre de voz subía a medida que avanzaba el diálogo. Atónitos, los pacientes entre la curiosidad y el azoro no perdían el hilo de la conversación. “No se te olvide hacer el depósito, que lo voy a necesitar”. ¡Hasta luego! –Colgó el norteño.
Enojada la paciente que se hizo su flamante check-up reclamaba que le sellaran el boleto de estacionamiento que estaba incluido en el costo del paquete. La señorita que la atendía era nueva y no lo sabía.
El Doctor Bermudez, jefe del departamento de fisioterapia pasó sigilosamente por la sala de espera tratando de no llamar la atención con el cabretillo que le cubría el hombro. La semana pasada se había caído de la patineta de sus hijos. Se decía a si mismo: -“Suele suceder que cuando no se quiere dar notoriedad, los demás se dan cuenta”. Como el doctor era de todos conocidos, la gente no cesaba de preguntarle: ¿Cómo sigue doctor? El doctor ruborizado contestaba, -“Mejor, gracias”.
Una enfermera con mensaje urgente buscaba a Clarita en la sala de espera. Clarita era hija de la señora que estaba en tratamiento de rehabilitación de su tobillo. La enfermera le pedía que de parte de su mamá fuera a su automóvil a buscar la bolsa que había dejado la madre de la joven en el coche abajo del tapete y que le corriera pues traía su chequera y todos sus documentos y parecía que no había puesto el seguro del coche.
Dulce, la chica encargada de la caja contestaba el teléfono y a la vez hábilmente cobraba la factura de un estudio de electrocardiograma del señor Carrillo a una mujer robusta de temperamento difícil enfundada en pants color palo de rosa que solicitaba que le desglosaran el IVA. Pero no traía su registro. La mujer además insistía en pagar con cheque. La cajera le decía que tendría que esperar cinco minutos para que pasara el cheque.
La llamada que atendía la cajera mientras se arreglaba el asunto del cheque era de una señora que había dejado su tomografía de columna vertebral encima del cajero de pago automático del estacionamiento Suplicaba a la señorita Luzma, la cajera, que si por favor enviaba una persona a buscar dichos estudios, que habían sido tan costosos.
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